DIÁLOGOS DE JOSÉ CON JESÚS ENTORNO A LA TORAH

“El crecimiento de Jesús “en sabiduría, edad y gracia” (Lc 2, 52) se desarrolla en el  ámbito de la Sagrada Familia, a la vista de José, que tenía la alta misión de “criarle”, esto es, alimentar, vestir e instruir a Jesús en la Ley y en un oficio, como corresponde a los deberes propios del padre.”

Juan Pablo II,  Adhort. Apost. Redemptoris Custos, 16.

1. INTRODUCCIÓN

La Torah es la palabra hebrea que designa la ley de Dios para su pueblo: Israel el pueblo de la Alianza. También los cinco primeros libros del Antiguo Testamento, es decir lo que  conocemos como el Génesis, Éxodo, Número, Levítico y Deuteronomio, reciben el nombre de la Torah. En un sentido más amplio, el nombre do Torah, ley, se emplea para designar toda la Sagrada Escritura, su enseñanza, interpretación y actualización para las nuevas generaciones.

En el primer siglo de nuestra era, el pueblo judío tenía un sistema muy desarrollado de enseñanza. De tal manera que era culturalmente un pueblo rico. Séneca llegó a afirmar que los judíos son el único pueblo que conoce las razones de su fe. Jesucristo sabía leer y escribir, como muchos otros judíos de esa época. La formación cultural giraba en torno a la Torah, tenía un carácter religioso, moral y cívico. Se impartía alrededor de la sinagoga, que constituía en muchos pueblos no solamente un lugar de oración sino de formación sobre la ley.

No hay duda que Jesús participó en la formación que se impartía en la sinagoga de Nazareth, por lo menos como era obligatorio hasta los trece años. Seguramente siguió participando en su posterior formación intelectual y moral entorno al conocimiento de la Torah y de los profetas hasta los dieciocho años. Teólogos y exégetas están de acuerdo en que no continuó sus estudios con la elección de un rabí. En los evangelios encontramos la sorpresa de sus paisanos ante la sabiduría de Jesús -se admiraban de las palabras de gracia que procedían de su boca-, y como fundamentación de su sorpresa dicen: pero…, ¿no es éste el artesano,  no es éste el hijo de José? (cfr.: Lc 4, 22; Mc 6,3). No se extrañarían tanto si hubiese empezado lo que hoy se podría llamar los estudios superiores o universitarios. Así pues parece ser que no fue en estricto sensu un rabbi escriba-doctor.

Podíamos clasificar al Jesús de Nazareth como un autodidacta: aquel que aprende solo. El designio divino de encarnarse no fue una casualidad, fue un proyecto preparado y querido desde la creación del mundo. El que todo lo sabe, todo lo ve y todo cae bajo su dominio preparó detalladamente el momento histórico de la encarnación. Desde el punto de vista filosófico y cultural no fue ninguna casualidad  el dominio de la cultura helénica con su filosofía -herramienta idónea para la explicación racional de la fe de Israel-, ni el imperio romano con su organización legal -medio imprescindible para que le evangelizador recorriera los caminos del imperio-.

La providencia eligió un pueblo como depositario de unas promesas, eligió a unos prohombres como puntos que hilan la trama de una revelación: Abraham con los patriarcas, Moisés y Josué, los jueces, David y Salomón, los reyes, Elías y Eliseo, Isaias y los profetas, Esdras y los sabios, Daniel con los apocalípticos y Juan el Bautista. Pero sobre todo la sabiduría divina eligió una madre y un padre verdaderos, Maria de Nazareth y José el artesano como piezas claves de la misión salvífica del redentor. Jesús como autodidacta tuvo sobre todo -además de la fuerza de lo alto del Espíritu- la inestimable ayuda de José, hijo de Jacob.

Por eso no es ninguna extrapolación imaginaria pensar que los padres de Jesús tenían un conocimiento alto y profundo de la Torah, siendo normales conciudadanos del pobre pero bello poblado de Nazareth. Volvamos a los textos de Mateo y Lucas, ante el asombro de la doctrina de Jesús y como desprecio dijeron sus conciudadanos: -pero no es éste el hijo del artesano. Esta unión de la sabiduría de Jesús al hijo del artesano nos hace pensar que precisamente fue José uno de los que más influyó en la educación, en el conocimiento de la Torah por parte de Jesús. No es de extrañar pues en aquellos tiempos era -como lo es hoy- misión primordial de los padres (también de las madres) la educación de los hijos en las virtudes, en el conocimiento de las leyes humanas y divinas, junto con la enseñanza de la oración.

Así pues, sobre esta base histórica -y también teológica- he ideado una serie de diálogos entre José y Jesús -siempre a la sombra de la mirada de María- que pueden ayudar a comprender cómo debió ser la colaboración de san José en la formación cultural de su hijo y en su misión evangelizadora y salvadora.  Sobra decir que estos diálogos son una ficción que no tienen ningún fundamento científico para su aceptación. Una vez leídos el lector puede pensar, con un sentido crítico que comparto, que no sabe a ciencia cierta cómo transcurrió la vida de Nazareth, cómo hablaría José con Jesús, pero con seguridad no del modo en que lo presenta el autor que suscribe. Estoy de acuerdo con esa afirmación. Mi lectura de Cristo es la de un creyente del siglo XXI, cada frase, cada cita es una interpretación. Pero ciertamente, algunas veces me ha venido la tentación de pensar que quizá pudo haber sido así como lo he escrito o algo parecido. Mi opinión es -de ello tengo seguridad- que muchas veces sus conversaciones sería normales, corrientes, como en una familia de la clase media de Nazareth.

Dejemos correr nuestra imaginación -dentro de la fe y de la tradición de la Iglesia- en el conocimiento de Cristo. Me parece que es un buen camino, una manera de conocer y vivir mejor los planes que la providencia tiene reservados para cada hombre. Así nos lo aconseja un santo de nuestro tiempo:

“Jesús, creciendo y viviendo como uno de nosotros, nos revela que la existencia humana, el quehacer corriente y ordinario, tiene un sentido divino. Por mucho que hayamos considerado estas verdades, debemos llenarnos siempre de admiración al pensar en los treinta años de oscuridad, que constituyen la mayor parte del paso de Jesús entre sus hermanos los hombres. Años de sombra, pero para nosotros claros como la luz del sol. Mejor, resplandor que ilumina nuestros días y les da una auténtica proyección, porque somos cristianos corrientes, que llevamos una vida ordinaria, igual a la de tantos millones de personas en los más diversos lugares del mundo.

Así vivió Jesús durante seis lustros: era fabri filius, el hijo del carpintero. Después vendrán los tres años de vida pública, con el clamor de las muchedumbres. La gente se sorprende: ¿quién es éste?, ¿dónde ha aprendido tantas cosas? Porque había sido la suya, la vida común del pueblo de su tierra. Era el faber, filius Mariæ, el carpintero, hijo de María. Y era Dios, y estaba realizando la redención del género humano, y estaba atrayendo a sí todas las cosas”.

2. LA HORA DEL DESAYUNO

„Shema,Izrael. Escucha, Israel: El Señor es nuestro Dios, el Señor es Uno. Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas. Que estas palabras que yo te dicto hoy estén en tu corazón. Las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas cuando estés sentado en casa y al ir de camino, al acostarte y al levantarte. Las atarás a tu mano como un signo, servirán de recordatorio ante tus ojos. Las escribirás en las jambas de tu casa y en tus portones”. 

Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma y con todas tus fuerzas.  Josef escuchaba entre sueños al despertar el alba como rezaba su esposa,  que repetía con una pausada y silenciosa fuerza las palabras: con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas.

Miriam tocó levemente el costado de Josef y con un gesto de silencio y delicado perdón le comentó:

-Yeshua se ha levantado hace ya un buen rato y ha salido, para ir a rezar según su costumbre, sólo en lo alto del cerro. Voy a preparar el desayuno.

Josef se despertó.  Empezó a rezar la oración Shema que acababa escuchar de su esposa, era la primera oración que había aprendido de niño. Aunque ya la había repetido medio en sueños acompañando a Miriam le gustaba saborearla de nuevo. Le ayudaba tanto la oración para empezar el día, para llevar a termino todo el trabajo que se le avecinaba. A Josef le gustaba dirigirse a Omnipotente con sus propias palabras, componer sus propias oraciones: 

-Adonai, Dios Altísimo, que ves nuestro corazones y el camino que hemos de recorrer este día: te doy gracias por la vida y por la fe. ¡Qué grande eres en todas tus obras y qué hermosa es tu imagen y semejanza: la familia! Gracias Altísimo por darme este hijo y esta esposa.

Josef echo una ojeada al día de trabajo, pensando: Gracias a Dios hoy tengo abundante trabajo: hay que acabar la nueva puerta de madera para la familia de Jakobo, sembrar el huerto, recoger las aceitunas, y por la tarde ir a Seforis para acabar el encargo de los nuevos arados… De sus pensamientos le despertó la voz de Miriam.

-Josef, serías tan amable de mirar si Yeshua viene.

Josef ya se había levantado para cumplir el querer de su esposa cuando apareció Yeshua que les saludó con estas palabras:

-Wajhi erew wajhi boker, jom oasziszi… I  hubo mañana y hubo tarde, día sexto. Buenos días, abba, buenos días, imma. Mañana es sábado.

-Wayekulu haszamayim wehaares wekal-sebaam… I quedaron concluidos el cielo, la tierra y todo su ornato. Sí, mañana hay que preparar el texto de lectura en la sinagoga.

Respondió Josef. Mariam mirando a Yeshua guardó silencio y con un gesto indicó que todo estaba ya preparado para el desayuno.

Josef se lavó las manos y se sentó a la mesa. Yeshua hizo lo mismo. Miriam se quedó en un rincón. Josef se volvió hacia ella y con una sonrisa le dijo:

-Miriam, cuantas veces he de pedir a mi esposa que no sólo me sirva, como es el deber de toda buena esposa de Israel, sino que se siente junto a mi, y junto a nuestro hijo, para comer en la misma mesa el pan del Altísimo. Es una necesidad de mi corazón y un firme querer de mi voluntad.

Miriam al escuchar  estas palabras se sonrojó levemente como dando a entender que obedece a las palabras de Josef, a pesar de no seguir las antiguas tradiciones transmitidas a través de generaciones. Se lavó las manos y se sentó a la mesa.

-Madre, ves como abba, hace tantas cosas nuevas. Me alegro de que te sientes siempre con nosotros.

Yeshua pronunció estas palabras con un sonrisa en los labios. Él mismo elevó la sencilla oración de bendición de los alimentos, pues era un acuerdo tácito entre ellos que lo hiciera el hijo, entre los tres tantas veces se entendían sin palabra. Empezaron a comer. Yeshua se quedó mirando a Josef y a Miriam. De repente en su rostro se iluminó, reflejando la sorpresa y admiración de un nuevo descubrimiento. Vio como partían el pan. Se quedó pensativo y repitió en alto las últimas palabras de Josef.

-Para comer en la misma mesa el pan del Altísimo, pues les dio Elohim pan del cielo. Abba, me he dado cuenta que partes el pan del mismo modo que imma.

– Qué curiosidad verdad, o qué casualidad, pues cuando nos conocimos, la primera vez que comimos juntos, Miriam dijo lo mismo que acabas de decir tú: Josef, hijo de Jakob, partes el pan igual que los de mi casa.

Miriam sonrió y sin decir nada dio con su mirada una respuesta afirmativa. Yeshua se quedó absorto como contemplando el pan entre sus manos y  hablando en voz alta, preguntó de nuevo:

-Y les dio de comer pan del cielo.  Abba, ¿dónde está ahora ese pan  que bajó del cielo, del que hablan las Escrituras Santas?

-El maná era el manjar para el camino, para el largo peregrinar del desierto hasta entrar en la tierra prometida. Cuando nuestro pueblo tomó posesión de esta tierra, el maná dejó de aparecerse. Como señal de esa presencia se conservó en una copa, en el arca de la alianza.

-Sí, entiendo. Pero me parece que nuestro pueblo sigue caminando, sigue peregrinando hasta entrar en la tierra que está más allá de nuestras fronteras. Veo la tierra prometida como la posesión de una vida perdurable. Y para ese camino es necesario un nuevo alimento. Que te parece, madre, ¿el Altísimo está en este pedazo de pan? ¿Sabes lo que dice la Torah sobre esto?

Miriam miró a su marido Josef como pidiendo permiso para hablar. Su esposo se percató de inmediato y le dijo en un tono de voz profundamente respetuoso, fuerte y delicado al mismo tiempo.

-Cuántas veces he repetido a mi esposa que no estoy en absoluto de acuerdo con lo que dicen algunos rabinos, que quien enseña a su hija la torah le enseña necedades, ni que mejor fuera que pereciera entre las llamas la torah antes que les fuera entregada a las mujeres. Al contrario quiero, deseo, necesito que nos hables de cómo guardas la Torah en tu corazón.

Miriam miró a su hijo y este hizo -sin palabras- un gesto muy suyo con el que expresaba su total acuerdo con lo dicho por Josef. Miriam les miró suavemente y dijo como susurrando en oración:

-Éste es el mandamiento que el Señor ha ordenado: llenad una copa de este maná y conservadlo para vuestras generaciones, para que vean el pan que os di de comer en el desierto cuando os saqué del país de Egipto. Entiendo estas palabras del Altísimo -como también la roca que acompañaba a nuestro pueblo en el desierto, de la que Moisés sacó agua- como un signo de la presencia del Todopoderoso, como un signo del Mesías. Y lo uno al sacrificio de pan y vino ofrecido por Melquisedec, el rey de la paz, el sacerdote eterno sin ascendencia ni genealogía. 

-Madre, a ti que te gusta llamarte la esclava de Adonai, ¡cómo comprendes y meditas la Torah! Sí, es un signo, una señal de otra realidad que viene, que ya está, que vendrá. Signo de una presencia del Dios vivo en el pan y en el vino, pero una presencia distinta, tan real, tan verdadera como real y verdadero es este cuerpo mio que tengo. 

Miriam y Josef callaron silenciosamente ante el misterio, no acababan de entender lo que les quería decir pero los dos guardaron estas palabras en sus corazones. Yeshua tomó pan entre sus manos untándolo con aceite de oliva. Y entonces Miriam dijo:

-Hijo, mira, tu también partes el pan de la misma manera que nosotros. 

Y los tres se sonrieron con una sola sonrisa, con un solo corazón.

3. JESÚS VUELVE DE LA SINAGOGA

-Sea alabado el Altísimo!

Josef al oír estas palabras de su hijo se conmovió. Dejó por un momento de cepillar con la garlopa el trozo de madera de pino. Miró a Yeshua y comprendió que algo nuevo traía en su corazón, su mirada y su rostro de quince años estaban como engrandecidos con la madurez de la sabiduría.

-Siempre sea alabado, respondió. 

-Yeshua, ¿te pasa algo?

-Sabes, abba, el Hassan nos ha explicado hoy las leyes cultuales. Intentaba aclararnos la razón de ser de las palabras de Altísimo: Tres veces al año celebrarás fiesta en mi honor. El porqué de la fiesta de los Ácimos, de la siega y de la recolección. La liturgia unida a la historia de nuestro pueblo: la Pascua o los Ácimos como recuerdo de la liberación de la esclavitud en Egipto; la siega o de las semanas o cincuenta días, como recuerdo de la entrega de la Torah en el Sinai; y la de la tiendas o recolección como recuerdo de la peregrinación por el desierto hasta entrar en la tierra prometida.  Algo fácil y evidente en sí mismo. Sin embargo su palabras eran confusas, tu tono de voz apagado, la cara de casi todos los compañeros de clase era de aburrimiento. Y me preguntaba: ¿Por qué las palabras del Altísimo aburren si tienen que ser fuego y sabiduría, pasión arrebatadora?

Josef siguió cepillando la pieza de madera con su característico gesto delicado pero varonilmente fuerte.

-Tienes razón, hijo. Las palabras de la Torah son siempre fuertes, arrebatadoras, llenas de vida. Pero hay que distinguir el mensaje de la persona que lo transmite. Te acuerdas de lo nos dice la Escritura Santa, de cómo Adonai se aparece a Moisés en la zarza ardiente -en el fuego de la revelación- encargándole que libere a nuestro pueblo de la esclavitud en la tierra de los egipcios. Moisés, el gran profeta y sacerdote, hombre de profunda oración totalmente entregado a su pueblo, le pone escusas al mismísimo Altísimo. Empieza a tartamudear: Adonai, Adonai, yo no soy hombre de palabra fácil… ¡Mi boca y mi lengua son torpes! 

-Claro que me acuerdo, abba. El que habita en los cielos y junto a nosotros le responde: Tu hermano Aarón, que habla muy bien, se dirigirá al pueblo en tu lugar. Sí. Entiendo que es lo humano de la Torá, de la palabra, lo que hace que las leyes del Altísimo no conmuevan, no arrastren ni convenzan. Por eso lo humano de la Palabra tiene que ser lo más perfecto posible, lo humano de lo que los griegos llaman Logos tiene que reflejar lo divino en su plenitud.

Josef escuchaba con atención las palabras de su hijo, ponderándolas al hilo del ir y venir de la garlopa.

-Joshua, a veces no entiendo muy bien lo que quieres decir. Tu ya lo sabes, desde que me asombré contigo en el templo de Jerusalén hace tres años, me sorprendes cada día con algo. Pero, no sabía que también conoces algo del idioma griego.

-Cómo, abba, ¿no has estado últimamente en Tiberias?

José, que continuaba cepillando la madera, se paró un momento, levantó la mirada hacía Yeshua y se quedó un momento pensando en sus últimos viajes de trabajo.

-Pues, no hijo, yo no hago las caminatas que vosotros hacéis con tu clase. Hace ya unos años que no voy a Tiberias. Es casi un día lo que se tarda en llegar a esa ciudad. Los últimos encargos lo he tenido de Seforis -en donde comparto el taller con Simeon- y Nain,  puedo ir y volver a esos dos pueblos con la luz del sol como compañero. De esa manera no paso noche fuera de casa y eso le agrada mucho a tu madre.

-Sí, abba, me doy cuenta que siempre haces lo que le gusta a imma. Bueno, pues la última vez que estuvimos en Tiberias con los jóvenes estudiantes de la sinagoga, los tres días los dedicamos a estudiar la traducción de la Tora al texto griego.

– Me alegra que aprendas griego. La koiné está tan difundida que hoy día es necesaria para todo. No te he contado, hijo, que en Egipto yo también tuve que arreglármelas con este idioma. Me parece que entre nuestra cultura judía y la helénica tenemos mucho en común, sobre todo la sabiduría, la transparencia, la palabra, la racionalidad.

-Nunca me habías dicho que sabías algo de griego. Veo tu trabajo y tus silencios, y esto es lo que más me habla, pero ¡me gusta tanto escuchar la Torah de tus labios! Explícame cómo ves el logos unido a la Torah, me parece algo interesante para hablarlo con el Hassan en las clases.

Josef se quedó pensativo un rato. Era él quien debería escuchar a su hijo, pero el Altísimo le ha elegido precisamente como padre verdadero. Él le ha impuesto el nombre de Yeshua y debe enseñarle la ley, pues padre de verdad es quien enseña a su hijo el camino que lleva a la virtud y al cumplimiento de los mandatos del Altísimo. Sí, debía seguir enseñando.

-Hijo,  en la Torah se nos dice que el Altísimo dijo y todo fue hecho según su palabra, así pues toda la creación está regida por un sólo principio racional. La cultura y la filosofía helénica tiende al único Dios desconocido. Los romanos son más pragmáticos, construyen estupendas vías de comunicación, tienen un derecho muy desarrollado pero su filosofía y su religión se quedan en lo periférico, no profundizan. A nosotros los judíos se nos ha dado el conocimiento del verdadero y único Dios, para que lo anunciemos a todas las gentes hasta los confines de la tierra.

-Si nosotros los judíos tenemos como misión dar a conocer el verdadero Dios. Entiendo que el Mesias tiene que llevar a plenitud esa misión, descubrir el verdadero rostro del Altísimo. El Mesias Salvador tiene que ser la Verdad que salva. Pero dejemos eso para otra ocasión. En Tiberias nos enseñaron como funciona el sistema de educación helénico y me parece que nos diferenciamos en no pocas cosas de los griegos.

-Ah…, ¿sí? Puedes decirme, ¿cuál fue tu experiencia?

-Nuestra educación judía da una importancia fundamental a la ley, la moral, la lengua y la historia desde el punto de vista de la elección divina. En la escuela griega -el gimnasio- se hace hincapié en la filosofía y la matemática, las artes, las gramática y retórica, las disciplinas deportivas. Los cuerpos desnudos de los deportistas en la arena es algo que choca con nuestra concepción de la belleza corporal. No me acaba de convencer todo el espectáculo deportivo, como si fuera una especie de culto al cuerpo, de circo humano, de pasiones desatadas sin ninguna finalidad. Para los griego el hombre es como el centro y modelo del universo.

– Bueno, hijo, pues de alguna manera nos parecemos a pesar de todo a los griegos, pues para nosotros es el Altísimo y la Torah el centro del universo, pero también el hombre y la mujer creados a su imagen y semejanza son el camino exacto para llegar al Todopoderoso. Además el cuerpo humano es reflejo de la belleza divina, un cuerpo que adquiere su expresión más hermosa en el rostro, en las manos, en el baile y la música, en las horas de trabajo con el sudor de la frente.

Josef calló y siguió cepillando la madera con la garlopa. Jesuah veía el vaivén acompasado -con movimientos decididos y precisos- de las manos de su padre , su fuerza comedida, su perfección en los detalles. Mirándole se quedó pensando en la hermosura del ser humano cuando trabaja bien, cuando participa en la obra creadora de su Padre.

4. LA DOCTRINA VIVIDA

Josef estaba interesado por el plan de lecturas que prevé el nuevo hassan: la lectura de los libros de los sabios. Ya había pasado el tiempo en que el beth-hasepher en la escuela primaria reunía a Yeshua y a los otros quince chicos -entre ellos estaban sus primos Jakobo, Simon y Tadeo- para repetir en coro, sentados alrededor de la Torá, los versículos elegidos de la Escritura hasta sabérselos de memoria. Josef comenzó el dialogo.

– Hijo, no hace mucho hablamos del libro del sabio Qohelet en donde se repite como en una estrofa el estribillo: Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Seguro que has grabado en tu memoria cómo termina ese libro.

– Sí, abba. Pero es curioso que la enseñanza según el método de la repetición no sea sólo para los niños, sino para todos pues repetir es aprender. Por eso usamos en nuestra lengua hebrea la misma palabra  para referirnos a estas dos acciones.  Qohelet además de ser sabio, transmitió conocimientos al pueblo, escuchó, investigó y compuso muchos proverbios. Qohelet trató de encontrar un estilo agradable y escribir la verdad con acierto.

Josef pensó que buena memoria tenía Yeshua, qué bien aprendía las palabras de la sabiduría. Muchas veces se preguntaba quién aprendía de quién, pues tenía el convencimiento que descubría tantas nuevas cosas de los labios de su hijo. Josef presentía que Yeshua quería oír las palabras -que quizá él ya supiera- de sus labios, porque lo que mejor se aprende es en la escuela de la familia, lo que sale de los labios del padre y de la madre, lo que se aprende en el seno del propio hogar. Eso es un tesoro del cual se beneficia un hombre toda su vida.

– Por eso, añadió Josef, las palabras de los sabios son aguijones; y las colecciones de los dichos de cada autor, como estacas bien clavadas. Por lo demás, hijo mio, atiende: componer muchos libros es cosa de nunca acabar, y estudiar mucho fatiga el cuerpo. Teme y ama a Dios. Guarda los mandamientos, que esto vale para todo hombre. El Altísimo juzgará si es bueno o malo lo que se hace, incluso lo oculto.

– Así es, abba. La mucha ciencia hincha, llena de amor propio. La verdadera ciencia está en la vida bien vivida, en vivir de acuerdo con la Tora, con la ley. No me acaban de gustar tantas prescripciones y tantos rituales. Las verdaderas filacterias las llevo en mi corazón, allí siempre medito los preceptos del Altísimo. En la escuela primaria repetíamos solamente la Torá, el curso pasado estudiamos los profetas y ahora hemos comenzado con los escritos de los sabios.

– Me alegra, hijo, que no hagas ostentación con las filacterias. Me gusta el modo que tenemos nosotros los galileos de vivir la ley, siendo fiel al espíritu sin adherirnos a la letra. La multitud de casuística farisea no va con el espíritu primogénito del Altísimo. Las verdaderas filacterias las llevamos dentro de nosotros, pues los mandamientos del Todopoderoso -la Torah- está escrita en nuestro corazones y Elohim, que ve en lo escondido, encuentra complacencia en esa rectitud y sencillez. 

-Bien has hablado, abba. ¿Podrías explicarme cómo nace la Torah y qué comprende en sí misma? 

– Si no me equivoco, hijo, la Torah -como la gran parte de la Escritura Santa- surgió precisamente en el exilio, en Babilonia. Nuestro pueblo tomó conciencia de su misión en el exilio. En primer lugar en Egipto y ocho siglos después en la tierra del Eufrates. La Torah es, como sabes, un término de nuestra lengua hebrea que no solamente indica el derecho, sino que hace referencia a la enseñanza y la iniciación en los mandatos del Altísimo. Los desterrados quisieron recoger con ese término el conjunto de doctrina trasmitida desde los más antiguos tiempos, de manera escrita y oral.

– Y…, ¿es en ese tiempo cuando empieza la sinagoga?

– Exactamente. Los sabios están de acuerdo en que la institución de la sinagoga data de los tiempos del destierro en Babilonia. El mismo nombre hebreo de sinagoga -bet ha kenesset- significa casa de la reunión. Allí se congregaban los israelitas sin tierra para leer y explicar la Escritura. Eso les configuraba como nación. Es el pueblo de la palabra, de la Alianza. Se leía en la sinagoga la Torah, se comentaba, se explicaba. Y como no había lugar de culto, la sinagoga se convirtió en un lugar de oración y hasta de culto.

– Osea que la sinagoga es como una casa de la palabra que acoge a todos: se enseña y explica la Torah, se reza y se da culto sin ofrenda, se reúnen las gentes del pueblo para administrar justicia, y hasta se da acogida al peregrino. Se podría decir que la vida de nuestro Nazareth gira alrededor de la sinagoga.

-Sí, así es, hijo. Pero no deberíamos olvidarnos nunca que la verdadera sinagoga la tenemos también en nuestra casa, junto a Miriam. El quiere darnos a todos un corazón nuevo para que la verdadera oración y el verdadero culto lo demos en nuestra vida corriente. Allí en lo escondido, allí donde solamente miran los ojos del Todopoderoso.

– Abba,  cuánta razón tienes. Por eso el sabio padre de familia saca del tesoro de su corazón cosas viejas y cosas nuevas, lo de siempre enriquecido con la novedad de lo diario.

Y Yeshua terminó de hablar  y siguieron trabajando.  

5. EL ARCA DE LA ALIANZA

-Interesante es lo que el hassan nos ha leído hoy sobre el arca. Es el mismo Altísimo quien habla en el libro santo y con toda claridad ordena a Moisés: constrúyeme un Santuario para que habite en medio de  mi pueblo. Abba, ¿por qué el Omnipotente que llena todos los lugares necesita de un lugar?  

-Sí, Hijo, el que todo lo sabe, todo lo ve y lo escucha no necesita de lugares. El es el que hace el espacio y el tiempo. Pero nosotros necesitamos de esas dimensiones para manifestar nuestro amor, nuestra ofrenda, nuestra adoración y culto.

-Pero si el Altísimo le llena todo, y está presente en todos los lugares y en todos los corazones, ¿por qué su presencia es peculiar en nuestro pueblo?

-Precisamente por eso, Yeshua, porque nuestro pueblo es el elegido para derramar las promesas del Dios único, trascendente, misericordioso, creador y autor de la Alianza. Somos el pueblo de la Alianza. Existimos únicamente para y gracias a Ella. Recuerda las palabras santas: reconoce que el Señor, tu Dios, es el Dios, el Dios fiel, que guarda por mil generaciones la alianza y el amor con quienes le aman y cumplen sus mandamientos.

-Esas palabras, como muchas otras la tengo grabadas en mi memoria. Cuántas veces la he repetido en la sinagoga con los compañeros y en casa con imma: guarda, pues, los mandamientos, leyes y normas, que yo te ordeno hoy que pongas en práctica. Si observas estas normas, las guardas y las pones por obra, Adonai, tu Dios, mantendrá contigo la alianza y el amor que juró a tus padres. Y te amará, te bendecirá y te engrandecerá; bendecirá el fruto de tus entrañas y el fruto de tus campos; tu grano, tu mosto y tu aceite; las crías de tus vacas y el crecimiento de tus rebaños en la tierra que prometió a tus padres que te daría.

– Yeshua, ¡qué buena memoria que tienes, y qué bien cantas los salmos! ¡Cuánto te pareces en eso -como en todo- a tu madre! Sabes una cosa, hijo, siempre me ha asombrado la facilidad que tiene Miriam para componer canciones. Parece como que de sus labios la oración de alabanza al Altísimo es muchísima más bella, cien, mil veces más oración.

A Josef le gustaba hablar con Yeshua. Respondía a sus preguntas y muchas veces se admiraba, de sus propias respuestas: no eran suyas, venían de lo alto como enviadas por  una inspiración. Josef disfrutaba del tiempo de charla con su hijo. Sabía que Jesuah aprendía de sus explicaciones, pero sobre todo era consciente de lo mucho que él aprendía de este muchacho de quince años. José estaba tan orgulloso de su hijo como ningún padre en la tierra puede estarlo de su mejor hijo. Todos los padres de Israel quieren que sus hijos lleguen lejos, que sean sabios, santos y sanos; Yeshua crecía sano, con una sabiduría que se manifestaba en su vida diaria. Josef no dejaba de asombrarse cada día, cada momento ante la presencia de su hijo, le parecía lo más normal del mundo y lo más transcendente: era como si la misma szekina habitara en su casa. Por eso se asombró del canto sencillo y profundo de Yeshua.

-Asi dice Adonai: el cielo es mi trono, y la tierra el escabel de mis pies ¿Qué casa podrías edificarme? ¿En qué lugar moraría Yo? Todo eso mis manos lo hicieron, todo es mio. 

Yeshua terminó su canto improvisado diciendo:

-Sí, imma canta muy bien.  Abba, si así habla el profeta, ¿por qué la szekina, es la presencia del Altísimo entre los querubines, encima del arca, como un trono vacío o un altar desnudo sin ofrenda?

– Precisamente por eso, por que es una señal, un signo de la elección de nuestro Pueblo por el Altísimo.

– Y…, ¿solamente eso? 

– Perdóname Yeshua, pero no acabo de entender lo que quieres decir.

– La szekina está situada entre los querubines que ven el rostro de Dios, sobre la cubierta del arca como si fuera un trono vacío o un altar desnudo. Es un signo de quien tiene que ocupar el trono y realizar la ofrenda. No una ofrenda anual como la que hace el sumo sacerdote en el yon kipur, en el día de la expiación por todos los pecados del pueblo. Tendrá que ser una ofrenda perenne y un trono para siempre.

Un ofrenda perenne y un trono para siempre, repitió Josef para sí varias veces escudriñando en su memoria la Escritura Santa, hasta que encontró en su mente y en su boca las palabras del profeta.

-Sí, el Altísimo habla por el profeta Malaquias diciendo que desde donde sale el sol hasta el ocaso grande es su Nombre entre las naciones, en todo lugar es ofrecido incienso y una oblación pura a su Nombre. Y también por el profeta Natán Adonais promete que el Mesías edificará una casa en honor de su nombre y  mantendrá el trono de su realeza para siempre. Hay una relación estrecha entre el Altísimo y el Mesías pues dice literalmente Adonai: Yo seré para Él un padre y Él será para mí un Hijo. El trono para siempre es el trono del hijo de Dawid, del Mesias. ¿Piensas que es tu trono?

Josef miró el rostro pensativo de Yeshua, se fijó en su ojos y en esa mirada tan suya que se alzaba como queriendo encontrar palabras humanas adecuadas para manifestar sus pensamientos. Yeshua esperó un momento antes de abrir sus labios, no quería evadir la pregunta, sino plantearla y responderla de otro modo.

-Un trono y un altar. Un trono y un altar… La szekina sobre el arca, la presencia del Altísimo entre los querubines. Me pregunto, abba, qué significado tienen la vara de Aron, la copa con el maná y las tablas de la ley  que se contienen en el arca.

-Que se contenían, pues hace ya siglos que el arca despareció. Quizá tengas razón hablando en presente pues ahora también hablamos de la presencia del Altísimo bajo la tienda, en el lugar santo de los santos del templo de Jerusalén. Todo ese templo fue construido por el hijo de Dawid para dar cabida al arca, a la presencia del Todopoderoso. Y respondiendo a tu pregunta me acuerdo que el maestro Hillel decía que esas tres cosas son señales de tres poderes que el Dios de la Alianza tiene sobre su pueblo: el poder de regir, de santificar y de enseñar.

-Esto quiere decir que la szekina gobierna, santifica y enseña de continuo a Israel.

-Así fue, así es y así será siempre.

-Entiendo además que el Mesías tiene que sentarse en su trono, para realizar la ofrenda permanente, reconstruir una nueva arca de la Alianza, estableciendo un nuevo pueblo. Por eso me parece que va a venir, que está viniendo ya un nuevo gobierno, un nuevo sacrificio y una nueva ley que perfeccione las tablas de Moisés. Va a venir ya, está viniendo una nueva szekina.

Josef no pronunció ya palabra alguna pero repetía para sí las palabras de su Hijo: una nueva szekina, una nueva szekina que perfeccione las tablas de Moisés, que perfeccione la Torah, que perfeccione la ley del Altísimo, pero quién lo puede hacer sino solamente el mismo Todopoderoso. A Yeshua… ¿quién es en verdad?

6. ESCRIBAS Y DOCTORES

Josef estaba trabajando en el nuevo encargo de la ciudad de Seforis. En el taller de esa ciudad estaba acabando una puerta, pero las piezas pequeñas y la manilla la podía hacer en su taller de Nazareth. Pasado el mediodía vio a Yeshua que acompañado de Jacobo y Simeon volvía de la clases en la sinagoga.

-Alabado sea el Altísimo. Saludó Yeshua. -Siempre sea alabado, respondió Josef. Jacobo y Simeon se despidieron para seguir su camino de sus casas un poco más adelante.

-Abba, en qué puedo ayudarte. Qué trabajo tengo para hoy?

Josef le mostró una manilla de madera y le dijo:

-¿Serías capaz de hacer otra igual?

Jesuah se quedó mirando la pieza y su rostro se llenó de admiración. 

-Esto es como una obra de arte, irrepetible.

-Gracias por la alabanza, pero es posible hacer otra igual si te empeñas en el trabajo. Si tienes dudas, pregúntame. Y procura aprovechar lo máximo de este trozo de madera, es un bien escaso el pino en nuestra tierra.

Josef miró el rostro de Yeshua que seguía contemplando la pieza, y se dio cuenta que antes de comenzar el trabajo su hijo quería decirle algo.

-Tenemos un nuevo Hassan, doctor escriba de 45 años.  Nos ha explicado hoy que todo el programa educativo de la Torah es muy personal,  depende fundamentalmente del maestro. ¿Sabes, abba, cómo se llega a ser un doctor escriba?

-Yeshua, ¿no querrás consagrar tu vida a la erudita actividad de escriba? Vas ha cumplir en poco tiempo los dieciséis años, y se puede decir que dominas plenamente la exégesis de la Torah, su interpretación a la vida corriente, cosa no fácil.

-No, abba, no voy a seguir los pasos de Josef ni de Ismael ben Elisha, ni me interesa ser un maestro como Helliel. Quisiera acabar la segunda enseñanza hasta que tenga los dieciocho años y seguir aprendiendo en la verdadera escuela de la vida, de la familia, de la vida ordinaria de trabajo, de oración y servicio a los demás. Pero me pregunto qué es lo que hace que un hombre se considere doctor en la Torah.

-Por lo que tengo entendido, lo primero que hace quien termina el segundo grado de enseñanza de la Torah es buscar un rabi, y pertenecer a su escuela. Se establece entonces una relación personal y se escuchan sus enseñanzas. Con los diferentes métodos de interpretación de la Torah se va poco a poco dominando la aplicación de la ley a los casos concretos, el alumno se va capacitando para tomar decisiones personales sobre la legislación religiosa y el derecho penal, entonces recibe el título de doctor no ordenado. Solamente al llegar a los cuarenta años se puede recibir la investidura como doctor, entonces se incorpora a la clase de los escribas como miembro de pleno derecho.

-Y entonces se le llama Rabi.

-Así es. Lo que pasa es que la sabiduría del pueblo da aveces el título de Rabi a alguien que no teniendo esos estudios conoce muy bien la Torah, y sus enseñanzas están al mismo nivel o superior que la de los doctores.

-Y…, ¿qué escribas doctores forman parte del Sanedrin?

-El Sanedrin más que una asamblea gubernativa, es sobre todo una corte de justicia y la más alta en Israel. Por eso es necesario por parte de sus miembros el conocimiento más perfecto posible de las Sagradas Escrituras, pues nuestro pueblo se gobierna y rige según la Torah. Forman parte del Sanedrin los sacerdotes jefes, los miembros de las familias patricias y los más destacados escribas elegidos por ellos mismos.

-A veces me pregunto, ¿de dónde sabes todas estas cosas, abba?

Josef se quedó mirando a Yeshua, y pensó que podía, que debía decirle lo que estaba en el fondo de su corazón.

-Yeshua: mira mis manos. Y dime qué ves.

Yeshua tomó con decisión las manos de Josef entre las suyas, las agarró fuertemente diciendo:

-veo las manos fuertes y rudas, llagadas y hábiles de un hombre que con ellas trabaja.

-Gracias por esas palabras. Estas manos mías han mantenido muchas veces la Torah, han señalado frecuentemente la palabras santas. Un día pensé que a lo mejor sería yo también un escriba doctor. Estudié la ley hasta los dieciocho años, después continué  los estudios con el maestro Hillel en Jerusalén, pero al cabo de dos años entendí que la mucha ciencia infla al hombre de amor propio, que la verdadera ley se aprende en el trabajo de lo ordinario, en la silenciosa oración, en los quehaceres del día porque ahí se aprende a amar al Creador y al prójimo con obras de servicio.

Yeshua que seguía manteniendo en sus manos las de Josef las acercó a su labios y las besó tres veces repitiendo:

-bendito, bendito, bendito. 

Y después sonriéndole le dijo: 

-vamos a trabajar.

Y Josef respondió:

-si vamos a trabajar juntos, seguro que nos sale un obra maestra. 

7. LA GUERRA Y LA PAZ

Las voces que llegaban hasta los oídos de Josef se hacían cada vez más sonoras. Era un grupo de muchachos jóvenes, doce o trece años, que discutían no lejos del taller de Josef. Ya no hablaban sino que gritaban, de los gritos se pasó al insulto y  después a  las manos. Josef salió de la casa, echó una mirada alrededor y descubrió quién era el jefecillo,  Jonas el hijo de Tadeusz, lo agarró con sus manos, lo elevó por encima de su cabeza y le dijo:

-¿Y si te arrojo al suelo como si fueras una piedra, o te aplasto contra el suelo como un mal bicho?

Todos los demás dejaron de pelearse y miraron con asombro la fuerza de Josef, su gesto imprevisible y sus palabras enigmáticas. Pasó un momento como de indecisión. Yeshua también salió del taller y admirado contemplaba la escena. Josef dejó delicadamente en el suelo al tembloroso Jonas diciendo:

– Nuestra ley dice: quien insulta a su hermano es un homicida. Con vuestra malas palabras y vuestras riñas estáis matando la imagen y semejanza del Altísimo que se encuentra en cada uno. Elohim nuestro único Señor es un Dios de paz, de concordia y de amor.

Las palabras fuertes y claras de Josef les sorprendieron todavía más. Entre el asombro y la vergüenza se fueron yendo en silencio cada uno hacia sus casas. Se quedaron sólo Yeshua y Josef.

– Abba, en la ley está escrito cómo el Señor dijo a Moises (Num 30,16), toma venganza por los hijos de Israel contra los madianitas, y lucharon contra Madián como el Señor lo había mandado y dieron muerte a todos los varones. El Todopoderoso que es Dios de Israel, ¿no es un también un Dios de guerra, de división, de ira santa?

-Sí, es un Dios de guerra, pero de una guerra contra uno mismo por ser mejor, por vivir de acuerdo con la Torah. Un Dios que divide los corazones porque mira dentro de ellos, que no admite componendas ni dobles juegos, un Dios celoso que dice: quién no está Conmigo está contra contra Mi. Un Dios de ira santa porque no es indiferente ante el pecado de los hombres.

El rostro de Yeshua se alegró ante las palabras de Josef, eran palabras que las hacía totalmente suyas y su corazón se inflamó de alegría y agradecimiento por el don recibido de tener tal padre, su abba era el modelo más perfecto de Dios Abba. Yeshua descubría a través de Josef como hablar con el Altísimo, como dirigirse a El, descubría en si mismo los torrentes de vida eterna, su misterio inenarrable. Y empezó a cantar:

-Quiero cantar al Señor, vencedor excelso: caballo y caballeros al mar ha precipitado. El Señor es mi fuerza y mi vigor, Él me ha salvado. Él es mi Dios, quiero alabarlo; el Dios de mi padre, quiero ensalzarlo. El Señor es un fuerte guerrero, su nombre es el Señor. El se impone con su palabra y convence con su razón: esas son sus armas. ¿Quién como tú, glorioso en santidad, temible en tus proezas, que obras maravillas?

-¡Tu voz es tan parecida a la de Miriam! Mi esposa y señora, tu madre, está encerrada a uno pasos de nosotros preparándonos la comida. Tendrías que cantar juntos. Ella entiende muy bien y se toma muy en serio, medita, todo lo que dices. Pero, dime Yeshua, ¿por qué has acortado himno de Moisés añadiendo las palabras: El se impone con su palabra y convence con su razón: esas son sus armas?

-Esto lo he aprendido de mamá. Ella compone sus propios himnos sacados de la Escritura Santa pero los retoca, les añade algo y los perfecciona. Ella perfecciona las palabras de la Ley. Pienso que con más derecho puedo hacerlo yo que la mujer predestinada a ser la madre del Mesias. Es lo que tu, abba,  acabas de decir a estos chicos: nuestro Dios es un Dios de paz, de concordia y de amor, no quiere imponerse con la fuerza, quiere convencer no vencer, quiere cambiar nuestros corazones contando con nuestra libertad, quiere que el hombre quiera.

– Sí, entiendo muy bien, hijo, que el Altísimo no se complace en la sangre, la violencia y la sinrazón. Si en el nombre de Adonai los hombres riñen, odian o matan falsean el nombre del Altísimo, del Dios de Abraham, Isaac y Jakob, el nombre del Dios de la Alianza. Nuestro  Adonai se complace en la razón y en la verdad, actuar irracionalmente va contra la Torah, va contra la naturaleza del Altísimo. Actuar con violencia, guerras y sangre en el nombre de Altísimo es la peor de las blasfemias, es falsear el nombre de aquel que está por encima de todo nombre.

-Amen. Amen. Abba, siempre me complazco en tus palabras, siempre las escucho con agrado. Bendito sea el Dios de la paz, el Dios que era, que viene y que vendrá.

8. EL MESÍAS REY Y SIERVO

Esa mañana se oía, como era habitual, el repique del martillo y la sierra, se podía notar que dos personas al unísono estaban trabajando ordenada, intensa y silenciosamente. Se aproximaba la hora tercia, cerca del mediodía. Hicieron la acostumbrada pausa y José advirtió como Yeshua se acercaba con la cara de interrogación que tantas veces había visto en él, como quién lo sabe todo y no deja de preguntarse nada. En su interior se dirigió al Altísimo: -ilumíname en tus designios para que sepa responder a tus preguntas, bueno, a las preguntas de mi hijo. No se equivocaba Josef pues la fuerte voz de Yeshua retumbó en el pequeño taller:

– Abba, si no te importa, quisiera preguntarte algo que he descubierto leyendo a los profetas y los sabios. En las Escrituras santas se dice que el Mesías será el hijo de David y el siervo sufriente del Altísimo, ¿cómo puede ser el Mesías al mismo tiempo un Rey triunfador y un vasallo humilde lleno de dolor?

– Yeshua. ¿Te acuerdas del arado que hiciste hace un mes para nuestro vecino Jechonias?

– Si, Abba, y, ¿qué tiene eso que ver con mi pregunta?

– Seguro que apercibiste la alegría con que Jechonias comprobó lo bien que funcionaba el modelo que  ideaste. ¿Cómo se te ocurrió cambiar la forma, de donde tuviste la feliz idea de hacerlo más inclinado y profundo?

– Bueno, he hecho lo que siempre me has aconsejado, utilizar todo el rato la cabeza cuando trabajo, pensar un poco las cosas y descubrir el secreto que se encierra en lo ya hecho por el Poderoso. Como dice el sabio: he visto la labor que Dios encomendó a los hombres para que se ocupasen de ella. Todo lo hizo bien y a su tiempo, y les dio el mundo para que lo ponderaran en su corazón, aunque el hombre no llega a descubrir por completo la obra que hizo Dios.

– Palabras del sabio Qohelet. 

Respondió Josef, añadiendo.

-Mira, hijo, la alegría de nuestro trabajo es servir a los demás. Nuestro trabajo es servicio, un servicio al Altísimo en primer lugar, participando en Su obra creadora; y un servicio a los demás contribuyendo así a que sus vidas sean más alegres. Un buen servicio siempre da alegría. Pienso que el Mesías tiene que ser un rey servidor, y todo servicio conlleva un sufrimiento, un salir de sí mismo, un trabajo. Será pues un Rey sufriente. ¿Qué te parece, Yeshua?

– ¡Cuánto nos está costando acabar esta especie de armario – baúl! Estamos empapados con el sudor de nuestro esfuerzo. Sí, Abba, estoy de acuerdo en que el verdadero reinado consiste en el servicio, quién más sirve es más hombre porque se da más a los demás, porque ama más. Entiendo que el sufrimiento forma parte del amor. El amor, todo amor, va unido al sacrificio, al dolor, a la entrega. Pero, ¿por qué el verdadero amor recorre la senda del sufrimiento, es que no hay otros caminos?

Josef guardó silencio, pensó un momento el asunto. Antes de hablar le gustaba pensar las cosas, considerarlas despacio, ponderarlas. El hombre es responsable de sus palabras  cuando es dueño de ellas. La palabra exterior exige la palabra interior, el pensamiento, la consideración, el meditar despacio los asuntos. José, el varón justo, es el hombre responsable de su palabra, sobre todo de su palabra interior, de su meditación ante el Altísimo; por eso ser un varón justo es ser un maestro de oración. Josef invocó la ayuda del Altísimo y con su memoria profunda escogió  un texto de las Escrituras.

-Quisiera citarte las palabras de Hiob en su quejido hecho oración. Si la memoria no me falla dice así: Dios ha soltado mi cuerda, me ha humillado, mientras ellos me acosan sin freno. A mi derecha se levanta la chusma, me sujetan los pies, preparan sus caminos perniciosos contra mí. Ahora mi alma se deshace en mi interior, se apoderan de mí los días de aflicción. De noche el dolor taladra mis huesos, no descansa lo que va royéndome. Clamo a Ti y no me respondes, permanezco ante Ti y no me miras. Te has vuelto cruel conmigo.

-Realmente, abba, tremenda son estas palabras, difíciles de entender.

– Son palabras que no se llegan a entender, todo el texto es casi ininteligible porque el dolor -como el amor- supera la racionalidad, no tenemos que comprenderlo -nunca podremos entenderlo del todo- sino aceptarlo, recibirlo, meditarlo. El dolor y el amor son las dos caras de una sola moneda, que tiene como nombre: salvación. El Mesías rey  y el Mesías siervo son las dos caras de un sólo Mesías Salvador. Por eso pienso que el Mesías salvador le va hacer a través del amor y del dolor. ¿Cuál es tu opinión, Yeshua?

– Abba, ¿en algo te he llevado la contraria?, ¿en algo no he seguido tus consejos?  Escucho las palabras que el Espíritu de lo Alto pone en tus labios y  poco a poco voy comprendiendo mejor mi propia vida, la misión para la que he sido enviado. 

– Mira, Yeshua, en Ti tengo todas mis complacencias. Por eso entiendo que ahora el dolor y el amor se nos presentan en esta madera y este baúl, ¡cómo nos cuesta y cómo nos gusta nuestro trabajo! Pienso que esa es la salvación que viene a traer el mesías: salvar lo ordinario del olvido, abrir lo más corriente y vulgar a la trascendencia de la eternidad. La salvación empieza y se encuentra en el propio hogar, en el trabajo de cada día.

9. EL TRABAJO DE LOS RABINOS

Yeshua salió de la sinagoga en donde habían tenido las clases repitiendo una y otra vez las palabras de la Escritura en el libro de Josué: Que no se aparte de tus labios el libro de esta Ley. Medítalo día y noche para llevar a la práctica todo lo que está escrito en él. Por otra parte no dejaba de pensar en lo que les había dicho el Hassan en ese día, tomó la determinación de preguntar ese asunto a Josef en cuanto llegase a casa.

-Adonais siempre esté contigo, abba!

-Gracias, Yeshua, por los buenos deseos. Y contigo también siempre permanezca la morada del Altísimo.

-¿Qué estás haciendo? ¿En qué te puedo ayudar?

-Tu madre está en la otra estancia, si te parece bien la saludas y hablamos del trabajo.

-Abba, estabas tan metido en tu trabajo que no te has dado cuenta que ya he hablado con imma, ella me ha dicho inmediatamente que te salude y que te ayude.

– ¡A Miriam, Miriam, cómo eres! Bueno Yeshua empezamos a trabajar o quieres contarme antes como te ha ido hoy en la escuela.

– El Hassan nos ha contado hoy que el maestro rabi Szalatiel tiene mil estudiantes, a la mitad les enseña la Torah, a la otra mitad la filosofía griega. ¿Qué te parece, abba?

-No me parece mal. Si la Torah no se aparta de sus labios y de sus corazones, si la meditan día y noche, si llevan a la práctica todo lo que en ella está escrito, ningún daño les hará la filosofía griega, al contrario será un instrumento muy valioso para entender mejor la Ley. Es como nuestro trabajo, no impide que meditemos la Torah, al contrario, el hombre tiene como obligación trabajar no sólo para ganarse la vida, sino para contribuir al orden de la sociedad, para participar en la obra creadora de Adonai.

Yeshua se quedó gratamente admirado. Estaba repitiendo las palabras de la Escritura Santa, y he aquí que su abba -Josef- le ha contestado con esas mismas palabras.

-Sí, ya me dado cuenta que todos los rabinos, desde Hillel hasta Szammaja, trabajan con sus manos físicamente.  Y también me he dado cuenta que en nuestra lengua hebrea naggar tiene esos dos significados: artesano y maestro de la ley. Lo veo en tu vida, abba, eres un maestro en el arte de la carpintería y en la enseñanza de la Torah, de eso puedo dar testimonio.

-Hijo, un maestro nada hace sin un discípulo deseoso de aprender. La gran alegría de un maestro es ver como su discípulo le aventaja. Sí, todos los rabinos enseñan que siendo el estudio de la Torah la ocupación más excelente, tienen que ser prácticos. Este mundo nuestro no podría subsistir si todos se dedicasen a este honrada tarea, por eso existe la siguiente máxima rábinica: ‘es hermoso el estudio de la Torah siempre que se una a un trabajo manual, porque el esfuerzo que ambas cosas exige nos aparta del pecado’. O esta otra: ‘Resulta vana y sin fruto cualquiera profundización de la Torah que no vaya unida a un trabajo concreto, que no nos lleve a cumplir mejor nuestras obligaciones diarias’.

-Abba, hay otro dicho rabínico que dice que quién no quiera trabajar que no coma, pero me parece que los motivos para trabajar -de eso ya hemos hablada en otra ocasión- no puede ser sólo la satisfacción de sus necesidades materiales y las de su familia.

-Estoy de acuerdo. Aunque es esto una parte fundamental del trabajo, pero no sólo, el sentido del trabajo se entiende mejor desde la perspectiva de servicio. Además  tenemos que tener en cuenta el mandato de Adonai al principio de la creación, cuando puso a Adam para que trabajara y cultivara el paraíso. El hombre está hecho para el trabajo como el pájaro para volar.

-Osea que es un querer del Altísimo que el hombre trabaje, un trabajo para Adonai, para completar su obra creadora, un trabajo que es servicio, que ayuda a los demás.

-Así es, Yeshua, así lo entiendo yo. Me contaron el otro día en Sefaris el siguiente sucedido: paseaba un fariseo legalista cerca de Tiberiades y vio un hombre viejo que cavaba en la tierra y plantaba un árbol. El fariseo le dijo: ‘Anciano, si hubieses trabajado antes en tu vida no tendrías que fatigarte ahora en tu vejez’. Y este le respondió: ‘Siempre he trabajado, y me he fatigado en mi juventud como ahora cuando ya tengo mis años, se ve que esto le gusta al Altísimo’. El fariseo le preguntó la edad y cuando escuchó que tenía cien años le dijo:  ‘¡Tienes un siglo  en las espaldas y todavía cavas la tierra y plantas un árbol! ¿Piensas que vas a vivir todavía para gustar de sus frutos?’ Y el viejo contestó: Si Adonai quiere, gustaré de los frutos de esta higuera, si no, del mismo modo que mis padres trabajaron para mi, mis hijos y nietos comerán de los frutos de éste árbol’.

– Un trabajo así es como una ofrenda hecha a los demás, hecha al Altísimo. Es una oración bellísima y grata al Todopoderoso, es una ‘qados’ -una santificación trascendente- de lo ordinario. Bueno, abba, pues manos a la obra. ¿Qué hay que hacer?

10. BUSCANDO A UNA MUJER

Josef se percató que estaba repitiendo -una vez más al compás de la garlopa- en su mente y en sus labios las palabras del sabio: 

-El encanto de la mujer hacendosa deleita al marido, y su buen saber le reconforta los huesos. Don del Altísimo es una mujer sensata y callada; una mujer educada no tiene precio. Gracia sobre gracia es una mujer santa y decorosa. Cimientos eternos sobre roca sólida son los mandatos de Dios en corazón de mujer santa.

Yeshua, que estaba a su lado trabajando, escuchó con una sonrisa estas palabras y  le dijo:

-Estas frases del sabio se confirman totalmente en la mujer que alumbra esta casa, que enciende cada noche el candelabro de aceite. Abba, si no te importa me gustaría saber cómo conociste a mamá, Miriam tu esposa.

Josef, el hombre justo de los silencios, se quedó callado como meditabundo. Pensó rápidamente: sí Yeshua debe conocer estas cosas, sí tenemos que decírselo.

-En Nazareth junto al pozo, cuando llegué de Judá, justo al mediodía. Estaba sacando agua con el pesado y mal hecho cubo que había antes cuando, a mis espaldas, escuché el alegre cantó de una chiquilla que se acercaba a por agua. Me volví, la miré a los ojos y me enamoré al instante. Como lo llamáis los jóvenes de ahora, fue un auténtico flechazo. Una luz interior en mi corazón -que tantas veces entiende mejor que la razón- me confirmó que ella era la elegida del Altísimo para ser mi esposa. Sí, no fue un encuentro casual. Me la había preparado la Providencia desde la eternidad. No sé el porqué, pero me acordé entonces de la alegría del pueblo que se acercaba a la tierra prometida y de las palabras santas: Éste es el pozo donde el Señor dijo a Moisés: Reúne al pueblo y les daré agua. Entonces Israel cantó esta canción: -¡Arriba pozo! ¡Cantádle! Pozo por príncipes excavado, abierto por nobles del pueblo-. Y empecé a cantar esta canción repitiendo sin cesar el  estribillo: ¡Arriba pozo! ¡Cantádle!

-Abba, si no te importa, me gustaría hacerte otra pregunta.

-Dime, hijo, pregunta lo que quieras que yo responderé como mejor pueda.

– ¿Has pensado en la esposa que vas a elegir para mí? ¿Piensas que en este asunto tengo algo que decir?

Josef otra vez se quedó pensativo, como reflexionando sobre la pregunta y una vez más le vino la inspiración: sí, tenemos que decírselo.

-Por su puesto que he pensado en ese asunto y bien sabes que tú eres quién vas a decidir. Pero pienso que ha llegado el momento para decirte algo que atañe a tu persona. Mira, llama a tu madre, prefiero que sea ella quien te lo cuente todo. Lo hace mucho mejor que yo.

Yeshua fue a llamar a su madre y al cabo de un breve momento apareció Miriam en la estancia en donde trabajaban Josef y Yeshua. Josef miró a su esposa y le dirigió la palabra, con un tono de voz que manifestaba un gran amor, una gran delicadeza y respeto, al mismo tiempo que una súplica.

-Miriam, mi esposa y Señora, me parece que ha llegado el momento -si te parece bien-, ahora que Yeshua cumple los dieciséis años que le cuentes lo que ocurrió cuando tu tenías esa edad. Lo que me constaste después que yo te hablara de mis sueños y tomara por fin -¡gracias al Altísimo sean dadas siempre!- la decisión, después de tanto meditar.

– Sí, cómo no, con mucho gusto abriré mi corazón ante mi hijo para dar gracias a Adonai, cuyo nombre es santo. Han pasado dieciséis años y nueve meses desde aquel día, desde aquella ahora. El sol estaba en su punto más alto, me encontraba sola en la estancia de casa de mis padres Joachim y Anna, trabajando, cuando sentí la presencia de alguien majestuoso, como la de un embajador. Veía su figura transparente, escuchaba sus palabras pronunciadas como en otro lenguaje, era el Ángel del Todopoderoso:

-Dios te salve, llena de gracia, Adonai es contigo.

 Le agradecí al Altísimo que me hubiera dado desde niña el don de la humildad pues las palabras que escuché fueron demasiado grandes. Me sentí como turbada y pensaba qué podía significar aquel saludo. Y el Ángel me dijo:

-No temas, Miriam, porque has hallado gracia delante de Dios: concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús. Será grande y será llamado Hijo del Altísimo; Adonai le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente sobre la casa de Jacob y su Reino no tendrá fin.

Le volvía a agradecer al Todopoderoso este mensaje, esta elección, no por mí, sino por el bien de todo el pueblo. Entendí inmediatamente que el hijo que se me anunciaba era el Mesias, capté que me rodeaba el misterio. Pensé en Josef, estábamos desposados pero todavía no vivíamos juntos. No comprendía bien su papel, yo debía ponerle el nombre y no se nombraba a Josef. Por eso pregunté:

-¿De qué modo se hará esto, pues no conozco varón?

El Ángel respondió y me dijo:

-El Espíritu Santo descenderá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso, el que nacerá Santo será llamado Hijo de Dios. Y ahí tienes a Isabel, tu pariente, que en su ancianidad ha concebido también un hijo, y la que llamaban estéril está ya en el sexto mes, porque para el Todopoderoso no  hay nada imposible.

¡Qué gran misterio! Adonai pide su permiso, quiere contar con la libertad de su criatura. Entendí con claridad luminosa que iba a ser Madre y Virgen, y para siempre pertenecer al Altísimo. José y mi matrimonio con él pasaban a un segundo plano, Adonai resolvería el asunto. Al mismo tiempo  descubrí en las palabras del Ángel que quien iba a nacer -tu Yeshua- iba a tener una relación muy especial con el Altísimo, además de ser el Mesias Salvador.  Me quedé expectante, como esperando a mi propia decisión. Me parecía que todo el universo estaba también conmigo esperando y entonces desde lo más profundo de mi ser dije:

-He aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra.

Miriam calló silenciosamente repitiendo esas palabras en su interior, como en una nueva oración dirigida a Adonai. Yeshua se acercó a Miriam y besando sus manos con la ternura propia de los hijos, dijo:

-Madre, gracias por tu sí lleno de fe, gracias por tu entrega confiada, gracias por tu amor y cariño de Madre, Mujer y Esposa. Sabes bien que ya estás cumpliendo el plan de Adonai respecto a la salvación de todo el pueblo. Quisiera seguir preguntando a mi abba, ¿cómo te enteraste de los planes del Altísimo para con tu esposa Miriam?

– He escuchado tu relato, Miriam, y siempre me conmuevo cada vez que lo oigo de tus labios. Me parece que tiene la novedad de lo que siempre enamora, de lo que nunca pasa. Como te puedes imaginar, Yeshua, tu madre no me dijo al principio nada. Guardó estas palabras en su corazón y en su seno: allí las meditaba continuamente. Pero enseguida me dí cuenta de que algo serio había pasado. Miriam quiso ir a ver a su prima Eliszeba y yo ya veía en su mirada, en su comportamiento un cambio impresionante. Le acompañé en su viaje hasta Ein Karem, fueron unos días maravillosos llenos de alegría y sufrimiento. Cuando llegamos a la casa de Zachariasz, escuché estas palabras que Eliszeba dirigió a Miriam, las tengo grabadas en mi memoria, son imborrables:

-Bendita tú entre las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde a mí tanto bien, que venga la madre de mi Señor Adonai a visitarme? Pues en cuanto llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de gozo en mi seno; y bienaventurada tú, que has creído, porque se cumplirán las cosas que se te han dicho de parte del Señor.

Al escuchar estas palabras me conmoví profundamente. Entendí que Miriam esperaba un hijo, comprendí también que ese no era fruto de varón, era obra del Altísimo. Estaba totalmente asombrado cuando escuché las palabras de tu madre. Miriam, si no te importara, podrías cantarnos ese precioso cántico improvisado junto a la casa de Zachariasz.

Miriam se sonrió y con un gesto de complacencia dijo:

-Los deseos tuyos -Josef, esposo mio y señor- son para mi mandatos del Altísimo, con gran alegría siempre cantaré  un cántico nuevo a mi Creador:

-Proclama mi alma las grandezas del Señor, y  se alegra mi espíritu en Dios mi Salvador; porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava; por eso desde ahora me llamarán bienaventurada todas las generaciones. Porque ha hecho en mí cosas grandes el Todopoderoso, cuyo nombre es Santo; su misericordia se derrama de generación en generación sobre los que lo temen. Manifestó el poder de su brazo, dispersó a los soberbios de corazón. Derribó de su trono a los poderosos y ensalzó a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y a los ricos los despidió vacíos. Protegió a Israel su siervo, recordando su misericordia, como había prometido a nuestros padres, Abrahám y su descendencia para siempre.

La mirada de Yeshua se posó sobre Miriam diciéndole:

-Gracias Mujer, por tu hermoso cántico de oración. Gracias Madre, por enseñarme a rezar.

Josef también miró a su Esposa y le dijo:

-Gracias Miriam por tu entrega. En ese momento entendí que tu eras posesión del Señor. A los pocos días me volví a Nazareth para seguir trabajando y me preguntaba cuál era mi misión en este juego divino. Pensaba, lo sigo pensando, que no soy digno de estar en esta casa, con este hijo y esta esposa. Estaba meditando sobre este asunto, si debía tomar la decisión de marcharme  lejos. Pero el Ángel del Señor me avisó en sueños:

-José, hijo de David, no temas recibir a Miriam, tu esposa, porque lo que en ella ha sido concebido es obra del Espíritu Santo. Dará luz un hijo y le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

Así, Yesuah, que tú eres fruto del Espíritu Santo. Miriam es posesión de Dios y los dos, con alegría, nos dimos cuenta que debíamos vivir nuestro matrimonio en virginidad. Era una inspiración del Altísimo que estaba en nuestros corazones y que se hizo realidad con tu venida. Puedo decirte, hijo, que cada día quiero más a tu madre. Mi amor por ella es una fuente de dicha. Por eso, cuando pienso en tu matrimonio, me parece que tu misión va a exigirte una disponibilidad total, un amor abierto a todos. Por eso, hijo, me parece que el Altísimo no tiene reservado para ti una esposa.

-Gracias, abba mio y Señor de esta casa, por tus palabras llenas de sabiduría, exigencia y amor. Sí, yo también pienso que mi Padre quiere que esté totalmente disponible, reservando todo mi amor para El y, en El y por El, a todas las criaturas.

11. LA UNIDAD DE LA FAMILIA

-Decididamente no me gusta la oración Kaddisz, no no me gusta.

Josef levantó la vista, siguió golpeando con el martillo mirando a Yeshua con un gesto de interrogación y extrañeza, como pidiendo explicaciones ante esas palabras.

-Y me parece que a ti, abba, tampoco te gusta. No me complace rezarle a mi Padre Abba agradeciéndole  que no soy pagano, esclavo ni mujer. Todos somos hijos de un sólo Dios Padre Creador, y al varón junto con la mujer, Adonai los creó en unidad de familia infundiéndoles el espíritu de vida. La familia es también una imagen y semejanza del Dios de Abraham, Isaac y Jakob, del Dios único pero no solitario.

Josef dejó por un momento su instrumento de trabajo. Se daba cuenta que Yeshua quería hablar, quería decirle algo. Se detuvo un momento repitiendo las últimas palabras de su hijo: un Dios único pero no solitario, y le vinieron a la mente una serie de textos de la Escritura Santa.

-Tienes razón, Yeshua, a mi tampoco me gusta esa oración pero nunca me había atrevido a decirlo en alto. Son cosas que no acabo de comprender y las suelo guardar en el silencio de mi meditación. Cuando hablabas de Adonai único pero no solitario pensaba en las palabras de la Torah: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Un hagamos en plural, como si el Altísimo fuera una familia. O esas otras palabras: Adán se ha hecho uno de nosotros. O la oración del salmo: Dijo el Señor a mi Señor. Como si el Altísimo dialogase con el Altísimo en unidad de dialogo, de relación.

-Sí, abba, me parece que tienes una buena parte de razón. Un esposo no puede serlo sin la esposa y un padre no puede serlo sin el hijo. La realidad personal en su unidad está dirigida, está en relación con otra persona. La realidad de cada uno de nosotros, de nuestra familia aquí en Nazareth, se realiza por la presencia de entrega de cada uno hacia los demás. No alcanzamos la perfección en la soledad, no podemos amar sin tener alguien a quién amar. Por eso el misterio del Altísimo es la plenitud de vida, de conocimiento y de amor.

-Hijo, algo voy entendiendo de tus palabras. Pienso en Ti, en Miriam, en mí: somos tres corazones que forman un solo corazón, somo tres en una unidad familiar que nada ni nadie la puede romper. Algo así tiene que ser el misterio de la intimidad del Todopoderoso.

-Sí, sí, algo así debe ser, algo así es. Abba, si al principio el Todopoderoso los creó hombre y mujer para que formaran una sola carne para siempre, ¿por qué Moisés  permitió el divorcio, por qué tantos pueblos lo permiten?

-No podría darte ahora mismo una respuesta definitiva, habría que pensar el asunto antes, estudiarlo despacio y consultarlo con algunos buenos doctores de la Torah. Pero me parece que la respuesta está en tus misma palabras: si el creador así lo ha establecido, y El sabe bien lo que hace, significa que eso es lo mejor para el hombre. La Ley escrita en los corazones está para que el hombre alcance su felicidad. Quizá el ser humano ha endurecido tanto su corazón, se ha alejado tanto del Altísimo que ya no tiene fuerzas para amar con un amor eterno. Solamente el hombre, por ser libre, puede tomar decisiones que duren siempre, que venzan la limitación del tiempo.

-Abba, el otro día en las clases de la sinagoga, preguntaron cuál era el principal de los mandamientos de la Torah. Yo elegí estas palabras: amarás a Adonai tu Señor con todo tu corazón y con toda tu alma y con toda tu mente, y al prójimo como a ti mismo. Por eso, si el amor es lo más alto que el hombre puede dar, Adonai tiene que ser el puro Amor, el puro Don que se entrega incondicionadamente para siempre en fidelidad. 

-Está claro que así es, que así tiene que ser. Además el amor entre los esposos -mi amor hacia Miriam- como reflejo del amor a Adonai, tiene que ser también incondicionado, para siempre, fiel.  El Todopoderoso Creador da la vida por amor, el hombre también está llamado a participar de esta donación también por amor. El hijo concebido tiene todo el derecho a participar siempre de este amor. Por eso tú eres el fruto del mayor amor divino y humano que haya existido, pues -gracias siempre sean dadas a Adonai- me parece que Dios Abba te quiere a Ti más que a nadie en el mundo, y también me parece que ningún esposo puede querer a su mujer como yo quiero a Miriam.

-Abba, te veo y comprendo muy bien como es Dios Padre. Te doy gracias porque eres para mí un reflejo de Adonai Abba. He aprendido de tu vida y de tus palabras lo que significa la paternidad de Dios. El Amor al Altísimo y el amor a los hombres: eso es lo que da sentido a nuestros días. Vuestro amor de esposos es para mi amor de padres, en cuanto más os queréis más me queréis, en cuanto más me amáis más aumenta vuestra unidad indisoluble de matrimonio

-Sí, hijo, nuestra familia de Nazareth está unidísima pues el Altísimo está siempre en ella. Nuestro trabajo y descanso, preocupaciones y alegrías, nuestra mutua confianza, todo viene de Adonai y a El vuelve. Sobre todo la oración conjunta reafirma nuestra unidad. Pienso que así tiene que ser para que padres e hijos participen en la tierra de la dicha de ser verdadera familia.

Josef calló definitivamente, fijó la vista en el martillo y descubrió en esa herramienta -como en sus palabras y en las de Yeshua- la fuerza del instrumento que cambia la materia, que transforma el mundo. Descubrió ahí la suave brisa del paso de Adonai, el Amor escondido en lo ordinario, en lo corriente: en un martillo, en una charla de padre e hijo.

12. LA SALVACIÓN VIENE DE LOS JUDÍOS

Josef miró a Yeshua y descubrió que estaba escribiendo algo y se decidió a preguntarle.

-Yeshua puedo saber qué estas escribiendo.

– La explicación que ha dado hoy el Hassan. El maestro de ceremonias de la sinagoga nos ha explicado -en arameo- un fragmento de la Torah.  Nos ha dicho que aunque no es tradición de los antiguos escribir en arameo las explicaciones de la Torah, es una costumbre que se va imponiendo y que en pocos años estará ya muy extendida. Dice que en algunas partes ya se hace y le llaman el Talmud. A ti, abba, que has estudiado la Torah en Jerusalem, qué te parece.

-Me parece muy bien. Hay un antiguo refrán nuestro judío que dice que la Escritura tiene mil caras. pues cada uno la lee y la interpreta a su manera. Ciertamente el espíritu sopla donde quiere y cada lector recibe sus propias inspiraciones, sin embargo también nuestro pueblo ha elegido dos criterios fundamentales de interpretación de las Escrituras. El primero es la unidad: cada fragmento de la Torah se explica a partir de otros y en consonancia con ellos, el segundo criterio es la tradición: la Torah se lee en la tradición viva de Israel. Por eso me parece que lo que se va a llamar el Talmud contribuye muy positivamente a saber cómo se lee la Torah en la vida misma del pueblo elegido. 

-Abba, quien te oyera hablar no podría dar crédito que un carpintero de Galilea sabe tanto y habla como un doctor de la ley.

-Todo lo que he aprendido se lo debo a tu madre. Sabes ya muy bien que sin la Torah permanecen ocultas las palabras del Altísimo, no sabemos como habla Adonai a nuestro pueblo y no podríamos vivir sin escuchar sus palabras. Pero sin la interpretación en Israel -eso que van a llamar el talmud- no sabríamos quién habla, qué es lo que dice, qué significan las sentencias divina, perderíamos la alegría de la Torah y se haría todo confuso y triste.

– Sí lo entiendo muy bien, pues cuando mamá me explica la Torah sus palabras parecen vivas, como de fuego.

– Y por eso mismo una explicación de las Escrituras Santas que no sea viva, que no se comprenda dentro del vivir de Israel y que no nos lleve a vivir con el Altísimo es una explicación muerta, sin sentido, sin fruto.

-El Hassan nos explicaba hoy el texto de la Torah: Adonai vuestro Señor es como un fuego devorador. Para ejemplificar este fragmento y entender que la Torah es cómo un fuego ardiente nos lo aclaraba con una anécdota. Esto era precisamente lo que estaba escribiendo.

– Una anécdota, vaya, vaya. Me gusta ese método, un ejemplo, una comparación, una anécdota sacada de la vida misma se queda más fácilmente en la memoria de los oyentes, es grata y hace el discurso menos pesado. Me parece muy bien que escribas tus anécdotas y comparaciones, te ayudarán mucho en tu enseñanza. Y…, ¿podrías contármela, hijo?

– Con mucho gusto, abba. El rabino Ben Azzai sentado explicaba a sus discípulos un texto de la Escritura Santa. De repente surgió fuego a su alrededor y empezaba a quemarlo todo. Sus alumnos fueron al rabino doctor Akiba y le dijeron: ‘Ben Azzai está sentado, explicando la ley y a su alrededor un fuego lo quema todo’. Akiba fue allí donde estaba Ben Azzai y le preguntó: ‘¿Estás entre llamas por comentar la visión del Trono del Altísimo?’ Y Akiba le dijo: ‘No. He empezado a unir las palabras de la Torah con la de los profetas y con las palabras de los otros escritos, y entonces las palabras de la Torah han empezado a saltar ardientemente tal como fueron entregadas en el Sinai. El fuego devorador del monte santo está aquí presente, tal como está escrito: la montaña se encendió en un fuego que llegaba hasta el cielo.

-Sí, me parece una comparación acertada. El fuego expresa frecuentemente en las Escrituras Santas el amor ardiente de Adonai por los hombres. El Mesías va a traer también un fuego purificador, unas ansias incontenibles de dar la vida por amor a su pueblo. El va a ser signo de contradicción ante el que se descubrirán los pensamientos de todos los corazones. ¿Qué piensas de todo esto, hijo?

– La salvación viene de los judíos. Todo lleva su tiempo, y el mio todavía no ha llegado.

– Yeshua quisiera decirte algo. Te he explicado otras veces lo que me dijo el Ángel cuando me habló en sueños, estando en oración:

-le pondrás por nombre Yeshua, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.

Con tus dieciséis años recién cumplidos tienes idea en qué consiste tu salvación. ¿Cómo piensas cumplir esa misión que tienes escrita en tu nombre, cómo vas a salvar al pueblo de los pecados?

-Abba, tanto he aprendido de ti, de tus palabras y de tus silencios. Rezo y pido luces al Espíritu que reposa sobre mi, para comprender sus mandatos. Sé que mi misión está unida a mi condición, a mi ser, a mi misterio.

-Eso es. Tantas veces te miro, te escucho y pienso: estoy ante el misterio. No se quién eres. Pero tu Madre y mi Esposa Miriam siempre me dice: contempla el misterio, mira a nuestro hijo y verás al Altísimo.

– Sí, abba, mamá tiene razón, hay que contemplar misterio, hay que meditar contemplando. Muchas veces me pregunto: ¿de qué necesitamos ser salvados los hombres? Podrías responderme, abba.

-Ya hemos hablado de eso en otra ocasión. Me parece que necesitamos ser salvados de muchas cosas: del mal como principio, del pecado de Adán y Eva y de todos los demás pecados personales, de la acción de la serpiente engañosa, de toda enfermedad, angustia, miedo y sin sentido…

– ¿Y del tiempo? ¿Necesitamos ser salvados del tiempo?

– Perdóname Yeshua, pero no entiendo tu pregunta.

-Puedo formular la pregunta de otra manera: ¿Qué es la resurrección de los muertos y la vida eterna? ¿Dónde están los que ya no viven entre nosotros?

-La Torah nos habla de Adonai como Dios de Abraham, Isaac y Jakob, un Dios de vivos y no de muertos pues todos viven para El. El profeta habla en su visión de la Palabra de Dios que pasa por encima de los huesos secos para revivirlos, para que vuelva a ser hombres vivos gracias al Espíritu que les vuelve a dar la vida.

-Así es, la creación entera está esperando el paso de la Palabra en el centro del tiempo  para volver a dar la vida, la vida verdadera y eterna. La salvación es la vida eterna, que empieza ya en este tiempo, que está aquí y ahora, aunque todavía no ha llegado a su plenitud. La vida eterna es la posesión de la vida del Altísimo: vivir con Elohim, que es Padre mio y Padre vuestro, cuya misericordia es eterna. Vivir con aquel que es el Amor. Por eso la salvación nos es dada aquí y ahora cuando nos abrimos al amor, cuando descubrimos la posibilidad de amar en lo corriente de cada día. No hay que esperar a la muerte para cruzar el umbral de la vida verdadera. Ya en este tiempo que nos es dado el hombre puede empezar a amar, a vivir vida eterna de amor. Eso es la salvación y esa es mi misión: abrir los corazones humanos al amor verdadero, que los hombres tengan vida y vida verdadera en abundancia.

-Sí Yeshua, voy entendiendo en qué consiste tu salvación, pero…,  ¿tienes idea de qué manera vas a realizarla?

-Abba, ¿qué es lo que me estas enseñado en estos años en Nazareth?

-En resumidas cuentas la Torah, cómo ser un buen hijo de Israel.

-Sí, pero me estás enseñando la verdadera Torah, la ley que se lleva en el corazón y que se cumple con amor. Me estás enseñando a querer, a amar. La salvación ya se está realizando pues estoy amando todo lo humano que me rodea: este taller, las herramientas, el agua de la fuente, los compañeros de la sinagoga, la comida de Miriam… Estoy amando este tiempo y esta tierra mía, estoy amando mi pueblo de Israel y en él todos los pueblos de la tierra, pues la salvación viene -gracias sean siempre dadas a Adonai- de un judío, el que aquí contigo habla.

Y Josef, el varón justo, el hombre del silencio, el carpintero de Nazareth, el esposo enamorado locamente de Miriam, el judío obediente, se quedó mirando -embobado de amor- a su hijo de dieciséis años: Yeshua de Nazareth, Hijo de Josef, Hijo de Dios.